Crónicas de un Poeta Maldito.

En esta noche de mayo, bajo el manto de estrellas que danzan en el firmamento, deseo compartir un poema que se erige como un monumento a aquella que habita en el santuario de mis pensamientos. Su nombre resuena como campanadas en la quietud de la noche, recordándome que mi memoria es un jardín donde florecen sus recuerdos. Su imagen, un esbozo Goyano que se desliza en los recovecos de mi mente, me acompaña en cada paso, como sombra fiel que se aferra a mi ser. No pretendo, ni deseo, relegarla al olvido, pues hacerlo sería condenar mi propia musa al silencio, la nulidad de mi inspiración. Su partida dejó en mi corazón un dolor imborrable, una herida que persiste en sangrar, un sufrimiento que me arrastró a los umbrales de la depresión.

De alguna manera, rindo tributo a estas desventuras, pues, ¿Quién no ha sido tocado por las flechas del desamor en algún momento de su existencia? Como Charles Baudelaire, quien en la oscuridad de su acerba amargura engendró su magna obra, "Las flores del mal", un jardín de versos que florecen en la sombra de la desdicha causadas por un desamor.

O desterrado en el abismo como Baudelaire, Arthur Rimbaud, desde el doloroso exilio del amor, ve nacer en la penumbra su magnánima obra: "Una temporada en el infierno", una sinfonía de penas convertida en prosa poética, donde el tormento y la redención danzan un eterno vals. 

O si debo profundizar en el vasto océano de la literatura francesa, me encontraré con otro navegante de la melancolía y el sufrimiento: Paul Verlaine. Sus "Fiestas galantes" son como estrellas fugaces que iluminan el cielo oscuro de la poesía, influyendo con su brillo en el firmamento de la literatura francesa y más allá.

O evocar al poeta que, desde el abismo de la depresión y la frontera difusa de la locura, teje las más sublimes telas poéticas, donde cada hilo es una melodía de dolor y desesperación. En este oscuro rincón del alma encuentro a Gérard de Nerval, cuyas obras "Aurelia" y "El desdichado" son como espejos reflejando el tumulto de su ser interior. Sus versos, impregnados de una melancolía sin fin, han sido faro y brújula para muchos poetas, entre ellos, yo mismo, que ahora oso escribir estas palabras.

He evocado a estos cuatro poetas franceses porque se alinean en la constelación de los "poetas malditos", un título que llevan como un estigma, una marca en la piel de su alma. Poetas que al verse exiliados del amor, le sacan provecho al sufrimiento que de ello se desprende y de las sombras desgarradoras del dolor, exhiben a la luz, una prosa y una poesía impecable. Sin embargo, no los traigo solo por esa conexión evidente, sino porque en ellos encuentro reflejos de mi propia travesía. Me alzo como el quinto poeta maldito, porque mi existencia halla un paragón, enredada en las mismas hebras de dolor y tormento que tejieron sus vidas desgarradas.

En este laberinto de desamor en el que me sumergí, encuentro una gratitud singular hacia aquella mujer que desató este torbellino de emociones. En su partida, me legó más que una ausencia: me otorgó la llave para transformar el dolor en palabras, la indiferencia en inspiración. He entregado mi ser a la pluma, convirtiéndola en la herramienta que moldea mis lamentos en versos, mis suspiros en melodías de tinta. Ella, la musa inesperada, danza en cada línea de mis escritos, tejiendo susurros de nostalgia y promesas rotas en el lienzo de mis letras.

Así, en cada verso y en cada nota, rindo homenaje a la exuberante belleza que emana de su ser, y aún más, al ideal platónico encarnado que trasciende su forma física. Pues ella no solo es la encarnación de la belleza, sino también la personificación misma de la inteligencia, la cualidad más seductora que cautiva mi ser. Quizás, con la perspicacia que le es propia, decidió no querer andar conmigo, prefiriendo caminos que solo su sabiduría divina puede entrever.

Dije que les compartiría un poema, pero les compartiré dos.

                          1
Melifluo nombre que vibra y centellea;
Arte sonoro cuyo hermoso sonido,
Resuena cual música en mi oído.
Sonora melodía que habita en mi idea,
Himno glorioso que el poeta balbucea
Al ritmo de un coro litúrgico  bendecido.

 

Tu nombre conforma seis letras Maravillosas,
Que a mi voz siempre vuelve Ataviadora;
Tiene tu nombre algo de magia Reidora,
Que, hechizando con algarabías Suntuosas,
Enajena el oído con letras tan Hermosas
que, diluyéndose en el viento, el eco Atesora.


                            2
¡Que hermosa Maravilla!

Los dioses en el olimpo suspiran,

Embelesados cuando te miran,

Como expandes y como brilla;

La luz de tu belleza y a tal grado,

Que orgulloso está el dios que te ha creado.

 

En el cielo nocturno,

Tu luz iridiscente aparece,

Y como estrella que resplandece,

En el orbe taciturno,

Irradias tu etérea belleza,

Como la luna llena en su plena grandeza.

 

Los mortales en la tierra,

Al ver tanto imposible, suspiran,

¡Cuánto ademán!¡Cuanta galanura admiran!

Y como en una cifra que se encierra,

La musa de poetas y escultores,

Digna eres de capturar tus fulgores.

 

Tu gracia, tu fino porte,

Hace que hasta el mar en calma;

Como el hombre en la quietud de su alma,

Se agite furioso, pierda su norte,

Transportado a los confines,

Donde tu eterna belleza se define.




Jacques Nerval.




Comentarios

Entradas más populares de este blog